‘Se desvive por sus hijos’.
Nunca una frase tan manida me pareció tan dolorosa. ¿Quién quiere un padre o una madre que se desviva por nosotros?

No, gracias. Ningún un hijo quiere ese regalo envenenado. Los hijos queremos padres que vivan y no se des-vivan, por nosotros. Porque sobrellevar la carga del cansancio y el rencor de unos padres agotados y abnegados genera una deuda de por vida. Porque además nos enseña un patrón de lo que significa ‘ser un buen padre’ bastante agrio y estresado.

Apostemos por ser padres y madres que viven y que también descansan, para transmitirles que trabajar hasta la extenuación no es bueno ni saludable, y que mantener el equilibrio entre trabajo y descanso es fundamental.
Enseñemos además a nuestros hijos que no siempre son la prioridad, para que vayan entendiendo que somos muchos y no ellos solos, para que vayan integrando ese límite tan sano de saber que hay un ‘tú’ y un ‘nosotros’.

Aliviemos a nuestros pequeños del cruel sinsabor de sentirse responsables de nuestra infelicidad.

Dejemos de desvivirnos y empecemos a vivir. Por ellos. Y por nosotros.

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